El Edificio

Inaugurado en 1953, el edificio para la nueva sede del Instituto Técnico de la Construcción y el Cemento, hoy Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, es un proyecto de los arquitectos Manuel Barbero y Gonzalo Echegaray llevado a cabo con la dirección y supervisión de Eduardo Torroja, ingeniero de caminos y director del Instituto.

Se eligió como enclave de la nueva sede la finca conocida como “El Bosque” en Chamartín-Costillares que ofrecía una situación privilegiada dentro del incipiente desarrollo urbano de la zona. Las características del solar, situado entre pinares, de superficie accidentada y con un fuerte desnivel hacia poniente, implicaba una gran complejidad de orden estético y funcional. Este conjunto constituye todo un hito de la arquitectura industrial y de investigación, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, y fue un modelo de colaboración interdisciplinar entre arquitectura e ingeniería.

El programa de necesidades suponía un escenario complejo. Por la clase de trabajos que se desarrollarían en el Instituto, de carácter tanto teórico como experimental, era necesario plantear diferentes tipos de espacio con características adecuadas a cada uno de los usos. Además, el edificio debía ser lo suficientemente versátil para incorporar actividades no previstas en el momento, surgidas de los avances propios de la investigación.

Con estos condicionantes, el proyecto se formalizó en un conjunto de volúmenes, cada uno de ellos respondiendo a la máxima eficiencia funcional, articulados entre sí y cuidadosamente adaptados al entorno, delimitando e incorporando el lugar como partícipe necesario de la composición.

El conjunto fue concebido bajo un estilo funcional, tal como recoge la memoria del proyecto: “amoldándose sus diferentes partes lo más posible al terreno y empleándose para su construcción preferentemente elementos de hormigón, con gran profusión de piezas prefabricadas de cemento, para lo cual se dispuso la organización general de la obra según un módulo único de 1,60 m”. Así mismo, el factor económico motivó la utilización de la repetición modular y la estandarización del mayor número de elementos constructivos, lo que da idea de la modernidad con la que se concibió el proyecto. Aparte de optimizar considerablemente los recursos, mediante los prefabricados se obtuvieron claros recursos compositivos que, como es el caso de los marcos de ventanas y las gárgolas, resultan identificativos del edificio.

La configuración orgánica del complejo facilita soluciones de un gran valor paisajístico y escultórico. Especialmente reseñables resultan el comedor circular, el depósito de agua, el silo de carbón – dodecaedro, las cubiertas de naves y talleres, las pérgolas de las Costillas y Los Sietes.

Merece una atención especial el mobiliario, también diseñado por el arquitecto Manuel Barbero, que aún desempeña en el Instituto su función original.